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TRAVESIA   POR     LOS    PICOS    

(DE  VEGARREDONDA A VEGABAÑO)

  Cuando se acerca el día de una escapada a Picos como la de este fin de semana, una, se siente eufórica. El ambiente de roca y cielo, crestas y abismos me impresiona de manera especial, irremediablemente. Apuesto, que como a tanta gente amante de las montañas.

     

Con este relato solo quiero comunicar ese entusiasmo que se apodera de mí cada vez que me acerco a la montaña.

         El viernes habíamos quedado en Cangas de Onís para que los taxis nos acercaran a Pan de Carmen, punto en el que tenemos que cargar nuestras mochilas y empezar a caminar. El tiempo no era demasiado bueno, lo que hizo que tuviéramos que poner nuestros chubasqueros y abrir  el paraguas. Ese clima es ideal para caminar y en una hora y cuarto llegábamos a Vegarredonda.  El refugio estaba envuelto en una niebla densa y pertinaz regalando al lugar un ambiente melancólico y misterioso.
Colgamos nuestras prendas mojadas, colocamos nuestros aperos y enseguida nos sentamos a la mesa para cenar un pote de garbanzos que si bien es una cena un tanto fuerte todos comimos con agrado y en demasía provocando más de un ardor de estomago y algún que otro sueño extraño.

           Éramos doce, cómo los apóstoles, y teníamos un guía, éramos como esa docena de huevos en la huevera a los que les aguarda el mismo destino, éramos doce uvas apiñadas en un racimo, todos con el mismo sueño. Éramos un número estupendo, manejable, entusiasta, abnegado y sufrido, que en estas historias montañeras, si algo hay que ser, es sufrido, aunque sea a pequeña escala.

            Pasa que, estando allá arriba, la inmensidad de las paredes te hace pequeñito, entonces,  piensas en lo corta que es tu existencia. Allí sopla el viento lo que hace que las nubes crucen veloces los collados y choquen contra la roca. Y entonces admiras más esa naturaleza agreste y salvaje. Todos estábamos preparados para caminar. Andar por afición, por necesidad de aventura, porque ese  mundo nos atrae, caminar por caminar  y porque la dificultad del camino supone un esfuerzo que satisface.

El sábado nos levantamos a las ocho, un buen desayuno y en marcha. La niebla seguía perenne en el lugar, como la hoja del laurel tras la tapia del huerto. Pequeñas ventanas se abrían en el cielo permitiendo que el sol se colara por ellas avisándonos de un estupendo día para disfrutar. Vegarredonda quedó atrás atrapada por las nieblas que se precipitaban sobre el valle formando un denso mar de nubes. La nieve, que nos acompañó durante toda la travesía se resistió un poco a nuestras botas bajo el Porru Bolo, después, y salvando un empinado nevero por la rimalla, el manto blanco se volvió primaveral lo que nos permitió gozar de la ruta.

         Ya, en el alto de la Mazada, pudimos contemplar las crestas de picos lejanos sobrepasando las nubes. Llegamos a Fuente Prieta, bordeamos la Torrezuela, y poco a poco nos dejamos caer en el Jou de Pozas, siempre sobre nieve primavera y que para llegar a la Horcada de Pozas tuvimos que subir en entretenida pendiente. Descanso merecido, por dos razones, tomar un bocado y empaparse del lugar. Sitio inhóspito, lleno de soledad y a la vez de luz. La horcada es tan perfecta que tus ojos tienen que acostumbrarse a su silueta poco a poco, luego te atrapa, te fascina, te hipnotiza.  Y tú te sientes importante por haber conseguido traspasar la barrera de lo meramente físico para llenarte de una alegría desconocida e infinita que baila en tu interior.

          De nuevo en marcha nos acercamos al nevero que cuelga de la Forcadona.  Yo tenía mis dudas sobre el estado de la nieve en este punto, recordando una vez anterior en que la nieve estaba dura y apenas podía meter la punta de la bota. Pero para eso estaba Toño que siempre hacía reconocimiento del terrero a pisar y sabíamos de su experiencia, lo cual siempre nos tranquilizaba. Nos deslizamos por el nevero y de nuevo se disfrutó a tope del momento sobre todo los más intrépidos que se lanzaron sin miramientos pendiente abajo.

         Llegábamos a Vega Huerta con la impresionante cara sur de Peña Santa. Frente a nosotros se despliega el Macizo Central, con sus crestas, sus canales descolgadas sobre el Cares y sus majadas escondidas a nuestros ojos.
Nosotros dimos cuenta de bocadillos y demás viandas mientras la Peña contemplaba nuestro entusiasmo y merecido descanso.

 

      Cuesta dejar un lugar como este, pero tenemos que llegar a Vegabaño. Mientras la gran pared queda sola y grandiosa a nuestra espalda  los pies se deslizan por los sempiternos neveros, por el Camino del Burro hacia la canal del perro.  En el Frade la niebla es dueña del entorno, nos envuelve y nos hace aguzar la vista para no despistarnos del camino. Imposible ver la inmensa pradería de Vegabaño. Nos colamos en el bosque de Salambre con su riachuelo y sus flores como duendes en busca de su árbol. Y encontramos el majestuoso roblón de fuertes ramas y onduladas hojas, dispuesto a proteger nuestro caminar. Él, se siente poderoso, sabio, no en vano se dice que es milenario, lo que le confiere la categoría de roblón. Permite que nuestras cámaras, como si de paparachis se trataran, hagan fotos al hombre de moda, pero deja que estos caminantes cansados se abracen a su cintura sintiendo su magia penetrar en sus diminutas y mortales almas.

         Llegamos al refugio, los más valientes nos acercamos al riachuelo que cruza la vega para darnos un baño. Sentimos como el agua fría tonifica nuestro cuerpo, este momento no es solamente un acto de higiene, significa sentirte en intima unión con la naturaleza. Crestas, roquedos, flores y aire, nubes, torrentes, miedos, ilusiones y sueños.

          Colocamos nuestras cosas en las literas adjudicadas y nos sentamos a charlar mientras llega la hora de cenar. Pasta, filetes, huevos, fruta y como no, vino, que siempre entona.
Algunas, como las gallinas, se han subido a las literas, situadas sobre el comedor. El resto se toma un tiempo de tertulia.

         Amaneció el día precioso,  lleno de luz y color. Encontrarse en Vegabaño con un ambiente así es estupendo aunque nos hayamos perdido la salida del sol por estar acurrucados y soñolientos en nuestras literas. A la puerta del refugio tienes una de las vistas mas hermosas de Picos .Inmensas paredes que parecen rozar las nubes y el bosque frondoso donde habitan otros seres.

Es domingo y no hemos madrugado demasiado ya que el desayuno nos lo dan a las nueve. Con nuestras mochilas a cuestas comenzamos la ruta. Tenemos por delante un día lleno de sol, donde el verde y el amarillo se disputan el espacio terrenal, robles contra genistas, y el sonido del bosque para presenciar nuestra marcha.

            Atravesamos la pradera donde vacas y caballos pastan tranquilos, subimos a la Cotorra que si bien no es una cumbre alta si que es verdad que desde su cima se contempla con mayor intensidad toda la mole de la Peña Santa y su entorno, la larga bajada  de la Duernona hacia Carombo, el Jario, vigía de bosques, praderas y un paisaje inmenso. Nos entretenemos durante un buen rato y hacemos fotos. La próxima parada en Carombo para llenar las cantimploras. Saludamos al pastor que acaba de llegar de Amieva con el ganado, en estos pastos permanecerán un tiempo. Le pregunto cuanto tiempo tarda en llegar a Amieva, hora y media me contesta.

             Nos ponemos en marcha con el propósito de hacer la senda de la Jocica en ese tiempo y porque a las cinco y media nos recoge el taxi en Angón. Toño nos marca la marcha. La senda serpentea paralela al río Dobra, juntos forman un sinuoso y atractivo desfiladero que recorremos deseosos y embrujados. De vez en cuando miramos hacia atrás, los recodos del camino quedan suspendidos en laderas  coloristas, el bosque nos engulle mitigando el calor que sentimos, a veces, en zonas desprotegidas de árboles, el sol nos alcanza con toda la fuerza del mediodía.

           Me quedo un poco rezagada, quiero sentir los sonidos del silencio, la brisa suave que roza mi rostro, el murmullo del agua que fluye corriente abajo, hacía otros ríos, hacia el mar. Quiero quedarme, con las sensaciones de estos días guardadas en la mochila y con el sabor en los labios, de cada instante vivido. Quiero sentir, y sentirme viva y feliz antes de regresar a ese otro mundo de ruido y asfalto.

           Llegamos a la presa de la Jocica en el tiempo previsto. El agua, allá abajo, se tiñe de azul turquesa, su belleza es inusual y la superficie está serena. Miras detenidamente y un escalofrío recorre tu espalda pensando en el misterio que esconden sus aguas.

……  Nos acercamos a la Ceremal para comer y disfrutar de un merecido descanso. Aquí,en este rincón  termina el descenso del río Dobra que hice hace unos años con tres intrépidos amigos y del que salí encantada, a la par que impresionada. Una playa fluvial, donde el Dobra, se abre camino para encontrarse con el Sella. Me atrevo a zambullirme en el agua fría, más que fría, pero el cuerpo lo agradece enormemente y se revitaliza, los hay que sienten el agua en sus piernas y les parece suficiente, cada uno intenta disfrutar a su manera. Comemos y descansamos un rato para hacer el último tramo que nos queda, un repecho por asfalto lleno de calor que aunque no es muy largo, a mí, me resulta espantoso.

         A la hora convenida llegan los taxis a la portilla de Angón para trasladarnos a Cangas de Onis, villa de la que partimos, y donde tomamos unas cervezas frías para aplacar la sed y a modo de despedida.

Atrás quedan las crestas, y los rebecos saltarines, las rocallas, los neveros, la verticalidad de las paredes, la fuente escondida, el aire puro, la soledad absoluta. Quedan amaneceres y puestas de sol en los collados, la piedra desnuda, las flores y los abismos. Queda nuestro sueño hecho realidad, pero nos vamos, con el alma llena de emociones, llevándonos, la ilusión desbordada de un temprano regreso.


                                                                                           Ángeles Llamas

Junio 2009 

 

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